Logo Lalala News
 
Miércoles 11 de Diciembre de 2019 05:31
 
 
 
 
 

La aldea

 
2015 - mayo - 13
|
Tutti Frutti
|
 

Una comunidad en el bosque.

 
 
 
 

Caminando por Juramento a sólo unas cuadras de mi casa, enroscada en mis mambos (como de costumbre), retorné porque me pareció ver a dos duendes. No estoy tan loca, eran dos chicos, pero genuinamente cuando los ví, volví porque manifestaban esa energía de duendecitos (no sé muy bien qué quiere decir eso), pero muy errada no estaba porque después de romper el hielo ofreciéndoles un mate me entere que venían del bosque.

¡¡Que ojazos!!, le digo al alemán que estaba con Enrique. El alemán me miró con una sonrisa, pero se notaba que no había entendido lo que le dije. "Es que, para él no significaba lo mismo que para nosotros", me explicó Enrique.

Después de pasar unas dos horas con ellos, aprendí a hacer una flor con hojas de palmeras. Cambiaron varias flores por un par de billetes, pero la gran venta fue un bowl hecho de hojas de palmera también.

"Ahora tenemos suficiente para la cerveza", festejó Enrique, sin preocuparse por la comida porque sabían que tenían más que suficientes vegetales en la huerta de la aldea en la que viven. Así, comenzó una inesperada aventura de fin de semana en el bosque.

Cuando llegamos, era de noche y no se veía nada. Igualmente, Cristian el alemán, me llevó a recorrer la aldea, mientras yo trataba de disimular el miedo. No por ellos, ya que a estas instancias los había clasificado como “buena gente", y ese instinto fue el que me llevó a seguirlos espontáneamente.

Pero estaba todo muy oscuro, ellos ya se habían acostumbrado a ver en la oscuridad del bosque, pero yo no. Y tampoco ayudaba el cielo nublado y la Luna escondida. En situaciones como éstas es que recuerdo porqué es tan magnífica la luz de la Luna, sin tener linternas ni velas.

Esa noche comí tan rico como no lo hacía desde hace mucho tiempo, ni recordaba la última vez que había comido tan bien. Preparamos entre todos. Primero, lo primero: el fuego. Una pequeña fogatita. Y ahí, metimos zapallos de la huerta, que Enrique no  dejaba de promocionarlo. "Estamos comiendo zapallo a lo loco. Cebollas, papas. Todo a la olla". Éramos 4 cuando empezó el fuego. Cuando ya se sentía el olorcito de las verduras hirviendo, éramos alrededor de 10. Un solo plato, y una cuchara iban pasando el plato por la ronda.

¿Te quedas a dormir conmigo en la carpa?, me decía una alemana que había conocido hace unas horas. Me abrió las puertas de su carpa, y me dio abrigo.

Al día siguiente, al despertarme y salir de la carpa me encontré con una fogatita y el agua hirviendo para el mate. Ahora sí, de día recorrí la aldea: la huerta, el playground para los chicos, juegos hechos de madera, barro, telas. La cocina comunitaria. Conocí a los otros integrantes de la aldea: no hay líder, cada uno va y viene cuando quiere. La única regla es respeto a la tierra y a los otros.

Hay muchos universitarios que viven allí, ya que les queda muy cerca de la Universidad.

Conocí también a un cubano que se encargaba de la parte de teatro de la aldea. Me mostró la obra que quería montar, cada uno brindaba sus conocimientos. Cayó el sol, y tenía que tomar la decisión de pasar un noche más ahí o no. Una vez que el sol bajara sería muy difícil volver a casa.

Decidí quedarme una noche más, y subí a la casa del árbol. Había visto hace mucho una casa así en Pinterest. Y había dicho "wooww, quiero una casa así". Subí, estaba a más o menos a seis metros de altura. Me costó más de lo que había pensado, y concluí que por más de que me encantara, no sería práctico tener la casa tan alta.

Me costó irme, pero me encantó conocer este mundito a sólo treinta cuadras de mi casa, y ya tengo la mochila hecha para volver a visitar a los duendecillos el fin de semana.