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Viernes 30 de Octubre de 2020 12:38
 
 
 
 
 

Vegetarse

 
2016 - sep - 05
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Diarios de viajero
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Colaboración especial de Daiana Vázquez. Desde Barcelona, España.

 
 
 
 

¿Nosotrxs vivimos entre la vegetación o ella vive entre nosotrxs?

Grita se esconde llora lucha suplica. Se desentiende de nosotrxs para existir y engrandeciéndonos con su presencia, nos padece. Indignación.

Nosotrxs podamos su libertinaje. Adornándola o injertándola para que mute, mutándola para nuestro agrado. Ella, siempre sumisa a nuestros caprichos, se adapta ¿Sus raíces estorban? Cemento ¿Sus ramas se entrometen? Sierra. Y ella continúa.

¿Han observado los edificios? Seguramente lo habrán hecho alguna vez ¿Han observado además sus balcones, sus terrazas? Probablemente. Entonces habrán apreciado que hay dos tipos de individuos: aquellos que estiman la naturaleza y aquellos que abrazan los cimientos del frío hierro que crece como maleza.

No deja de sorprenderme lo diferentes que podemos ser. He visto ventanas pequeñas y balcones diminutos con plantas desbordando de ellos, acogidas en un espacio reducido, reduciéndolo a su reino; y he visto -en cuestiones de tamaño- gloriosos espacios externos donde no habitaban más que ropas limpias y húmedas secándose al sol o alguna que otra bicicleta oxidada. Depósito o jardín: serían las dos perspectivas que revelan valores de vida totalmente opuestos.

¿Alguna vez han experimentado la sensación de ver crecer una raíz? Siempre ha sido un verdadero placer para mí criar potus (Epipremnum aureum) en botellas de vidrio claro u oscuro.

Los primeros días pareciera que la plántula o esqueje durmiera. Nada ocurre. Sólo se está allí, sin marchitarse pero tampoco mostrando indicios de crecimiento o respuesta a los estímulos que la rodean en su nuevo hogar (luz, viento, temperatura).

Nada. Y transitan las horas derivándonos a días. El proceso parece convertirse en un ejercicio para nosotrxs lxs ansiosxs. Un embole. Nada ocurre hasta que sí. Llega el día en el que nos asomamos impacientes y descubrimos: algo parece haber ocurrido en el interior de la botella de vidrio claro u oscuro. Un pequeño bulto nació del tallo y se asoma blanco y temeroso. Alegría.

Los días transcurren y las raíces empiezan a crecer con una ferocidad romántica. Hermoso potus. Sus blancas raíces parecen finos fideos japoneses en un agua que no hierve; más bien se torna templo de encimas que sólo prologan la salud de la noble planta.

Aquellas personas que hemos experimentado esta sensación, aprendimos la necesidad de conectarnos con la vida y con todos sus procesos; logrando prestigiar la capacidad que poseemos para generar vida más que aquella de ignorarla.

Entonces estas verdes huellas se impregnan en nuestras manos, ropas y almas condenándonos para siempre a balcones infestados de vida.

 

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Texto y fotografía de Daiana Vázquez.

Septiembre 2016. Barcelona. España